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miércoles, 2 de marzo de 2011

Equilibrio entre vida y trabajo: el poder de las pequeñas cosas

Mi fascinación por las conferencias del TED sigue in crescendo. Sin ir más lejos, hace unos instantes acaba de realizar una presentación Bill Gates como parte del programa de actos de "Redescubriendo la maravilla" [TED2011]. Pero esta vez me he propuesto haceros reflexionar sobre otro tema: el equilibrio entre la vida y el trabajo (conciliación, vamos). Suponiendo posible su viabilidad entre a los que no les pesan los bolsillos, las ideas y reflexiones que se nos ofrecen en los próximos 10 minutos deben, como mínimo, considerarse. Parar, respirar y actuar para proseguir. Nigel Marsh nos habla de su día equilibradamente ideal: tiempo con la familia, con uno mismo y laboralmente productivo.

[Es posible elegir los subtítulos en castellano]

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miércoles, 26 de enero de 2011

Historia mínima

Los descubrí en un concurrido y renovado paseo de Palma. Allí estaban los dos, sentados frente a frente, como dos astillas salientes en una madera de carpintería pulida. Allí sobresalían ocupando el margen izquierdo de la avenida, con la discreción del que pretende huir de la panorámica del paseante. Ella, ocupaba con su figura los centímetros que preceden al precipicio que coronaba el asiento de un banco. Él, le sesgaba la trayectoria hacia el desplome colocándose enfrente, acomodado en su silla de ruedas. Parecía el inquilino novel de aquella mula mecánica despoblada de músculo y anatomía. Ambos eran niños de la guerra con más de ochenta años de recorrido. Lo que más me llamó la atención fueron aquellos gorros que culminaban sus cabezas, atrapando aquellas calorías que se creyeron libres tras superar la epidermis.

Eran compañeros de existencia. Ella le miraba a los ojos para poder reconocerse mientras repasaban su vida. Una vida repleta de primaveras y veranos, que ahora habían dejado paso a un espeso otoño caduco, terminal. Interrumpían el relato guardando silencios involuntarios, masticando los recuerdos como el rumiante que saborea  de nuevo el manjar, incapaces de pronunciar las palabras que tal vez debieran. El mismo silencio que imaginé que interpretaban ante los suyos. Aquel que se ampara en la convicción de que si se desconoce el sufrimiento se evita su padecer. Él le recuerda ese mandamiento inquebrantable al paso de la convivencia que juraron no traicionar: "Para siempre, ¿recuerdas?". A lo que ella respondió por imitación: "Para siempre, sí".

No había tiempo para prórrogas y esa circunstancia lo envolvía todo con su aroma. Ella, en apariencia, no exhibía constitución endeble. Sin embargo, al raspar con el escarpelo con detalle, y una vez superada aquella pátina de confusa solvencia, se podía contemplar  un cuerpo colonizado por una fragilidad de porcelana, cuyas fisuras asomaban a las puertas de sobrepasar el punto de ruptura. Sus movimientos parecían calculados, sustentados en una energía no renovable que los hacía tan preciados como irrepetibles. En uno de esos gestos finitos ella le sostuvo la mano con determinación y firmeza, como el obrero que apuntala un tejado en ruinas mientras su propia vida pende de la certeza de la maniobra. Él, a la par, buscaba con la mirada el camino entre sus pupilas con la intención de asaltar por sorpresa los recodos de su mente que jerarquizaban sus emociones. Y todo para cambiarle su equilibrio de fuerzas y deshacer el lazo que les ataba, deshilachándolo hebra a hebra, hasta enredarla de nuevo entre los vivos. Cerca de las llamas candentes, lejos del humo que se evapora para siempre. Pero ella, impenetrable, no tiene esa intención. Ha decidido que si a él se le consume el aliento, ella también abandona la carrera en esa parada. Porqué más le vale una derrota compartida ante el destino que un triunfo en soledad.

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lunes, 24 de enero de 2011

Una conferencia que no te perdonarías perderte

Algunos de los que me conocéis me habréis oído alguna vez dándoos la brasa con una conferencia de Emilio Duró sobre optimismo e ilusión. No la había posteado hasta ahora porque sólo la había encontrado partida en varios vídeos en Youtube, y pensé que nadie le seguiría el hilo. Gracias al recordatorio de uno de los mejores blogueros de este país, Nacho de La Fuente, hoy podéis disfrutar de esta útil pastilla visual para el ánimo. Que os sea útil...


[Vía La Huella Digital] 


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lunes, 23 de agosto de 2010

Empieza una nueva etapa

Esta semana se ha bajado el telón de una etapa profesional que ha durado 8 años. Cuando en agosto de 2002 atravesaba por primera vez la puerta de las oficinas jamás pensé que repetiría ese gesto tantas veces como ha sucedido finalmente. Algunas cosas quedan aún de aquel muchacho de 25 años que no daba crédito a la oportunidad laboral que le brindaba el destino. Decidí aprovecharla al máximo, como no podría ser de otra manera, y aposté por trabajar a pleno rendimiento asimilando a destajo todo cuanto requería esta profesión. Sólo puedo estar agradecido a todos aquellos que confiaron en mí -han sido demasiados como para ponerles aquí nombre y apellido- y creyeron que estaría a la altura de las circunstancias. A ellos les debo la posibilidad de consolidar mi trayectoria profesional porque en su día apostaron por un joven recién salido de la universidad sin más experiencia que la de la vida. Debieron entender que les correspondí y de ahí en adelante fui cubriendo etapas y responsabilidades cada vez mayores hasta el día de hoy.

Debo pedir disculpas a todos aquellos que hayan creído que en algún momento no estuve acertado. Seguro que les asiste la razón porque si hay algo que me identifica con aquel novato que pisaba la oficina por primera vez es que sigo cometiendo errores. Por supuesto tengo que agradecer a los que en alguna ocasión me pusieron en mi sitio, que no les temblara el pulso al hacerlo. A veces la juventud te confunde haciéndote creer que lo sabes todo -parafraseando a mi abuelo- y conviene que de vez en cuando alguien nos recuerde que no podríamos estar más equivocados. Me acuerdo de todos con los que he tenido contacto profesional a diario, con los que con toda probabilidad en más de una ocasión he manifestado diferencias de criterio. Si mi argumentación pudo herir susceptibilidades o quizá no demostré un talante dialogante en todo momento, pido disculpas. No puedo olvidarme de agradeceros todo lo que me habéis enseñado sobre la profesión y sobre sus mecanismos, ya fueran implícitos o no.

Un último recuerdo es para mis compañeros de trabajo con los que he compartido momentos inolvidables durante estos años. Dejo allí a profesionales muy válidos, muchos de los cuales son buenos amigos, a los que deseo de aquí en adelante la mejor de las suertes para un futuro en el que deberán superar de nuevo los acontecimientos, tal y como han demostrado en tantas ocasiones hasta la fecha.

En este momento concluyo una etapa tremendamente fructífera desde el punto de vista profesional, que espero que me conduzca hacia nuevas alternativas en las que seguir trabajando con la máxima dedicación y con la convicción de seguir aprendiendo para ampliar mis recursos profesionales.

Gracias a todos por todo. Seguiremos en contacto.


Héctor Romero
hectorromero[arroba]ono.com 

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sábado, 31 de julio de 2010

Una lágrima, por favor

Voy a sincerarme. A veces... a veces intento hacerme el fuerte pero calculo mal el punto de dureza y se me fractura la pose y se destapa la impostura. Lo esperanzador del asunto es que la frecuencia con la que se me presenta este fenómeno es baja, con una intensidad de leve a moderada.

Y digo esto porque días atrás en plena sesión doméstica de cine apareció la careta de superhombre. He de reconocer que enseguida percibí los derroteros que tomaba la película y decidí entrar en modo macho rudimentario I. Reinicié sesión como usuario Rambo y activé el nivel de máxima seguridad de mi cortahemorragias lacrimal. Todo un éxito. La sucesión de situaciones trumáticas que habían perpetrado los guionistas era interminable y ahí me tienes, fresco como un pingüino y sin restos salinos en las mejillas.

Sin embargo el sistema no es perfecto y si Bill Gates lo tiene claro, figúrate este escribano. Primero se detectó una pequeña fuga en el trastero de la empatía -palabra de uso cotidiano en familia- cuando una de las coprotagonistas, huérfana y sin más anclaje a este mundo que un novio ex toxicómano que vive con su ebrio y violento padre y al que abandonó su madre cuando era un niño, se da cuenta que a su alma gemela le quedan pocos años de vida. Por mucho que elevé el nivel de alerta del sistema la minúscula vía de agua que buscaba su camino de evacuación en mi órbita ocular, cada vez se hizo más grande hasta que inundó la sala de máquinas. Llegados al momento de la terrible pérdida, las claraboyas reventaron hasta anegar mis ojos. Se dispararon las alarmas y los equipos de testosterona de emergencia salieron al rescate. Era demasiado tarde y nada pudieron hacer para contener la catarata de emociones. Este es el testimonio de un valiente que presume de cobarde. Porque ganar batallas es sencillo; porque perderlas y sentirse reconfortado es complicadísimo. Y yo en ese terreno me siento cómodo. Así es.

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lunes, 10 de mayo de 2010

Demasiado humo para tan pocas señales

Hace tiempo que pretendía lanzarme sobre el teclado y no lograba juntar tiempo y argumentos en la misma coctelera. Pero lo cierto es que últimamente los asuntos no son precisamente escasos. Cuando a primera hora de la mañana de un día cualquiera -lo mismo da, son los mismos perros con distintos collares- te armas de valor y alcanzas el primer periódico libre de marca sobre la barra del bar, mientras contraes tus gónadas masculinas -suponiendo frívolamente que eso te sea físicamente posible- estás desafiando la supervivencia de tu equilibrio vital para el resto de la jornada. Me explico. Toparme de morros, por ejemplo, con la noticia de que los griegos pagarán los excesos de sus gobernantes y cómplices a base de reducir sus salarios, en el caso de que tengan, sus pensiones de jubilación, sus subsidios por desempleo o sus becas para estudios, me pone de una mala baba que me haría el haraquiri con la pajita del zumo.

En ese preciso instante recuerdas que no debes demorar más tu afiliación al Partido Pirata sueco, del que espero que cuente con un ala al puro estilo bucanero del siglo XVII para la que asaltar y atracar sean  puntos reflejados en su programa electoral, y así evitamos sorpresas posteriores. Sí, lo sé, entre nosotros conviven demasiados barbarrojas de lo público e incapaces crónicos, pero por lo menos los suecos se pasean con el parche en el ojo sin ocultar la naturaleza de su jeta. Si además defienden los derechos fundamentales en Internet, que no dentro de muchas erupciones volcánicas será lo único que me importe, miel sobre hojuelas. No hay nada que me retuerza más las tripas en esta vida que me estén dando la mano con la derecha mientras me roban al mismo tiempo la cartera con la izquierda. Soy incapaz de desenvolverme con semejante habilidad con la zurda. ¡Que impotencia, rediós!

La cosa está que arde, y si no basta echar la vista a Islandia. El drama de los parados se extiende como una plaga de tuberculosis en el Imperio Napoleónico. Nadie hace nada, nada se espera de nadie y en nada deberían convertirse los que que no pensaron en nadie cuando nos llevaron a la nada -o algo así-. Y ante tal despropósito no se conoce movilización alguna, remunerada o no, ni de los agraviados ni de sus representantes. Eso sí, hay reventa para adquirir las primeras localidades improvisadas en la recepción del hospital en el que acaba de ser intervenido El Rey. Hay oferta de tres por dos en guantazos a palma abierta para adelantar posiciones en el besamanos improvisado a la familia real. Idéntico resultado el cosechado entre los políticos de guardia para posados robaportadas. Hay casi más tráfico de cargos públicos en los pasillos de la clínica que en los juzgados de Palma.

Y después de intentar digerir todo este despelote de lo que llamamos actualidad no quedan más cataplines que seguir nadando hasta la orilla de cada jornada, y sentirme un privilegiado al poner el pie en tierra firme cada mañana porque puedo desempeñar un trabajo por el que me pagan. Es de obligado  cumplimiento el sentirme abiertamente agradecido por poder compartir mi vida con los míos, repartiendo lo bueno en pedazos y desgajando lo malo entre todos. En esas estamos. Porque lo demás no existe y no se barruntan señales de humo en el horizonte que apunten a lo contrario.

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jueves, 18 de marzo de 2010

Cuando una foto vale más que mil palabras

Llegó a mi pantalla vía Facebook un trabajo fotográfico de extraordinaria calidad humana y gráfica. Phillip Toledano narra desde el objetivo de su cámara fotográfica los últimos días de vida junto a su padre, de 98 años de edad por entonces. Me ha parecido de una sensibilidad finísima la manera en la que retrata al que fuera actor en los años 30, acompañando algunas de sus capturas de breves descripciones sobre la dureza de su enfermendad mental, y al mismo tiempo la felicidad por haber conocido cara a cara lo divertido que era su padre. Una historia de amor, a fin de cuentas.

Os dejo con Days with my father...

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