Hoy, 33. Para celebrarlo os propongo una visita por el blog Like Mom Like Dad. En él los lectores/redactores cuelgan fotografías en las que aparecen con sus hijos imitando las instantáneas que décadas atrás se hicieron con sus padres. Una magnífica iniciativa para no olvidarse del camino recorrido y de lo que resta por venir. En la sección Young me/Now me puedes encontrar los retratos de infancia de los internautas junto con la recreación actual de esa misma fotografía. Me temo que algun@ de vosotr@s disfrutará de las fotografías mientras piensa en cómo sería la suya propia.
He decidido titular así esta entrada, robándole el nombre a un amigo y sublime blogger, para resumir en tres palabras como me siento últimamente. A partir de aquí, todos aquellos a los que os importe un pellejo de perejil lo que voy a contar podéis salir de la sala sin remordimientos colaterales. Si tuviera lo que hay que tener, yo también lo haría.
Después de ser padre la vida te cambia de sopetón. Para empezar te partes la jeta cuando piensas en el primer tipo al que un día se le ocurrió decir que para llevar una vida sana y ordenada y rendir decentementre en tu trabajo se deben dormir 8 horas al día. He buscado sin éxito su dirección postal para obsequiarle con un momento all-bran congelado y envuelto para regalo, por supuesto siempre desde el cariño -frase recurrente que suele preceder a un garrotazo verbal de los que te dejan las orejas temblando-. Cuando son las 05.00h y tus párpados se han llegado a tocar apenas un par de veces, empiezas a darle a la centrifugadora y arrancas a delirar. Cuando estás con una mano sujetando el chupete de tu hijo y con la otra intentando cubrir dos terceras partes de tu cuerpo con principio de hipotermia, te preguntas cómo el ser humano es tan sumamente incoherente: es capaz de mandar a un arganboy a Marte y no de crear un artilugio sujeta-chupete automático.
Después del sueño, el siguiente síntoma que te pone sobre la pista de que hay goteras en la terraza es que te empiezas a emocionar a menudo por las pijadas más absurdas que se puedan imaginar. Es evidente entonces que no puedo descuidar mis plegarias para sortear como sea el tener que cruzarme con algo realmente conmovedor, porque la cosa se complica de tal manera que eres capaz de lagrimar como los padres del futbolista revelación del Tegucigalpa, en la firma de su contrato por el Torrelodones B sobre la piel de una banana seca -lo primero que pillaron a mano-. En estos meses he ensayado tantos "se me ha metido algo en ojo" que llevo las americanas repletas de tarjetas de visita de oculistas sugeridos por extraños.
Otro de los cambios experimentados me tiene desconcertado. Me da por pensar concienzudamente a menudo, algo tan impropio de mí que me tiene abrumado. Vamos a ver, con lo bien que me iba a mí dedicándome a leer el Marca, viendo las fotos de la Rihanna de turno en las playas de Las Barbados o decidiendo si hoy me toca pizza o pa amb oli de menú, y ahora me tiene que estar pasando esto a mí. Lo curioso del asunto es que esos ejercicios mentales me han conducido al pasado. Una vez tras otra experimento como aspectos cotidianos de la vida me remontan a situaciones vividas muchos años atrás, con gente a la que quiero o he querido mucho. No le encuentro una explicación aparente. Quizá la perspectiva de la paternidad me ha devuelto el acceso a recovecos ocultos de mi memoria que estaban guardados como oro en paño, bajo alguna contraseña extraviada. He vuelto a hablar con mis abuelos como si no hubiera pasado el tiempo. Como si estuvieran aquí todavía. He montado en el R8 de Pep y me ha contado cómo se las hizo pasar canutas a aquel gallito de El Terreno; he caminado por la calle Princesa con José -siempre impecable con su abrigo y el ABC bajo el brazo- y en sus paseos estivales en Sa Indioteria me ha vuelto a dar unas monedas a escondidas para que comprara golosinas. También he vuelto a montar en bicicleta en El Dorado o a nadar a Cala Blava, a pasar las Navidades en Madrid o a jugar los domingos en el campo de La Victoria. Debe ser el preludio a mi nuevo rol familiar. Quizá haya sido mi hijo el que, sin decirlo, me esté pidiendo a gritos que le guarde una copia de seguridad de mi disco duro para que más adelante pueda contarle de dónde viene. Así están las cosas y así te las he contado.
En la entrada anterior sobre mi abuelo Pep quedó pendiente, entre otras cosas, una recopilación de fotos y documentos que ilustran parte de esos momentos de su vida. Con ellos os dejo:
Mi abuelo, el primero por la izquierda, en un acto en Na Burguesa con el alcalde de Palma de la época.
Artículo del Última Hora sobre la apertura de la sala de fiestas El Caimán.
Mis abuelos bailando en la pista de la sala de fiestas Saint-Tropez de la que mi abuelo Pep era el gerente.
Mis abuelos (en primer plano) en la terraza del Saint-Tropez.
Documento oficial con el logo de la sala de fiestas Saint-Tropez.
A veces la realidad te juega malas pasadas. Me sucedió algunos kilómetros de carretera atrás. Le vi caminando entre calles. Con sus gruesas gafas de sol y sus andares inconfundibles. Los de mi padre. Los míos. Sin duda era él. Quise que lo fuera. Mi abuelo Pep, en Pep Romero d'El Terreno, como le conocían en sus tiempos mozos. También como en Pep Bisco por sus problemas de visión de juventud. Nunca le molestó, porque "cuando algo es verdad, es verdad", decía con media sonrisa y golpeándose las manos como quien da un golpe seco para introducir el tapón de corcho de una botella de vino. José Romero Rodríguez era su nombre completo. Los dos apellidos de la madre. Su padre biológico, de linaje Balaguer, se borró del mapa al saber que había hecho diana con sus cromosomas justo cuando, de repente, recordó que ya era padre de familia en otro portal. Una evidencia más de que siempre ha habido hijos de puta, y no es fruto de la vanguardia. Mi bisabuela, madre soltera en la década de los 20, tuvo que apretar las nalgas y secarse las lágrimas. Comer era lo importante. Se marcharon a Argelia mordiéndose las uñas, y allí mi abuelo Pep soñó por primera vez algunas de las pesadillas que se le repitieron el resto de sus días. Como aquella en la que paseaba de la mano de su madre cuando un soldado despechado asaltó a su mujer en plena calle y la degolló ante la mirada inalterable de los viandantes. Lo que más le jodía, me decía, era que "nadie hizo nada, nin".
Precisamente ese ímpetu que reclamaba para los demás le jugó algunas malas pasadas. Mi abuelo Pep era un tipo duro. De los de antes. Fuerte como un yunque. Con dos cojones como equipaje de mano. Y con él a todos lados. Con ese macuto se hizo a sí mismo a base de esquivar a golpes las zancadillas de la vida. Algunas con vistas a un precipicio sin billete de vuelta. Sin tiempo para la infancia, se convirtió en adulto de guardia. No había nadie más. De ahí que no encontrara referencias que aplicar en su paternidad. Trató de suplirlas con el corazón, de tamaño descomunal y sensible como la pluma al viento. Sin reservarse el derecho de admisión. A los quince años ya se había alistado para ir al frente con los nacionales. El lavado de cerebro fue coser y cantar. Pep reconocía que "a esa edad, con más hambre que el perro de un ciego, era lo que había". Con los años fue asumiendo sus ideales sin tapujos. No sólo sucedía que los suyos habían ganado, sino que había que darle un sentido coherente a su vida. No podía estar sustentada toda en un error, debía repetirse a solas ante el espejo. No había nada que perdonar. Él fue el único responsable de sus actos y a nadie más debía rendir cuentas. En todo caso a su conciencia. Pero habría que haber estado ahí para salirse de la fila y no romper esfínteres.
Cuando pasé a la altura de su figurada presencia seguía obnubilado. Le recordaba con aquella precisa pose; un Lucky entre los dedos de su mano a medio alzar, como cuando conducía su celeste Renault 8 TS. La ventanilla bajada y el codo a medio camino. Cómo sonaba aquel coche... Cuando organizaba una jornada de pesca su escrupulosa rutina me narcotizaba. Bajábamos al garaje y me decía: "ara espera't un poc". Abría la puerta del conductor, encendía el motor, descargaba su pie en el acelerador repetidas veces y salía del coche. Yo aguardaba fuera, ansioso. Abría el capó y el motor relucía como las vajillas de palacio. "A que podríem berenar aquí damunt?", me soltaba todo orgulloso de su joya rodante. Nos montábamos y la bestia empezaba a rugir. Lo llevaba siempre al trote ligero. Era una atracción para peatones y conductores. Pep lo sabía y disfrutaba como un niño pequeño la noche de Reyes. Quizá porque nunca pudo jugar a tiempo, cuando era el tiempo de jugar. Llegábamos al Club Naútico Calanova y aparcaba en su plaza de toda la vida con una maniobra impecable, meticulosa. No entendía como la gente no hacía lo mismo y respetaba cada uno su espacio. Un día un pescador le pidió precio por el R8 en mi presencia. "No está en venta", dijo Pep orgulloso de su máquina. Le concedía un valor personificado a sus modestas pertenencias. No se las podía abandonar cuando dejaban de funcionar. Se habían ganado su respeto por los servicios prestados y eso no se podía olvidar a las primeras de cambio. Se merecían un esfuerzo para tratar de devolverles su utilidad por tantos instantes de fidelidad...
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