domingo, 4 de octubre de 2009

La intimidad de todos los menores

He querido dejar pasar unos días antes de entrar al trapo con un tema que me ha tocado mucho las neuronas (me temo que estoy abusando del plural). Las hijas de Zapatero y su famosa foto. Acabo de comprobar cómo en Google reporta más de 1.150.000 entradas en menos de lo que tarda Madrid en ser descartada de unas olimpiadas. Me temo que la gilipollez de este país va tomando un protagonismo estelar sin que podamos remediarlo. Propongo, por ejemplo, que cada ciudadano de a pie tenga derecho constitucional a elegir su propia bandera representativa de lo que entiende él por su país y oficializarla. Después haremos un mural y sortearemos una plaza de amigo en el perfil de Rouco en el Facebook entre las cinco porciones de la enseña más votadas por sms. El perdedor deberá firmar un contrato que le obligue a ejercer su derecho a voto en las próximas generales. Vaya papelón: el destino del país en su papeleta.


Captura de Google

Volvamos al tema que me ocupa. Las herederas del presidente. Cierto es que todo empezó con un error de cálculo. Si no quieres que tus vástagos menores aparezcan en los medios de comunicación tienes dos opciones: a) que no aparezcan en la foto; o b) que la instantánea salga directamente de la cámara compacta que los Obama guardan en el primer cajón de la cómoda para sus cositas (a saber: cumples, cenas de Acción de Gracias y Halloweens íntimos). Cuando dejas que sean reporteros gráficos profesionales los que accionen el obturador, cagatus est.

Con estos antecedentes, entramos en las fase dos del culebrón. Y aquí es cuando me caliento. Me importa un sudoku si las hijas de ZP son góticas, tienen las cejas de plastilina, coleccionan estampitas de la Virgen de Regla, comen arroz con las manos o eructan en estéreo después de cada ingesta. Me produce la misma indiferencia averiguar sus piercings abdominales que saber el nombre de pila de los lechones que se ha jincado la choni Ruperta que está saliendo ahora mismo en Dónde Está tu Cerebro. Recuerdo aquella etapa adolescente en que las pintas de los
Iron Maiden o Barón Rojo se reflejaban en mi espejo matutino. Pronto pasaron a mejor vida gracias a que Satán, que me temió ingobernable, se dio el piro por acumulación de trabajo: Bush padre, la Thatcher, Gaddafi o el Dr. Gang del Inspector Gadget. Mi imagen, y la tranquilidad de mi madre, ganaron enteros. Pero era lo que había. Para mi padre fue El Che y para mí las greñas de los Kiss. Suele prescribir con el paso de la vida. Resumiendo: qué carajo nos importa a nosotros como ciudadanos de profesión, controladores políticos, si las hijas del presidente visten de funeral permanente o se hacen las ingles brasileñas al baño maría. La capacidad de gobierno del jefe de estado es y será igualmente capaz o improductiva -eso os lo dejo a vosotros- tanto si sus niñas juegan al diábolo como si beben sangre de vacuno con las tostadas. Como ejemplo de las últimas décadas tenemos el caso Lewinsky. Qué puerro me importa a mí si la moza y su mentor se dedicaban a los juegos manuales en el despacho Oval o si la felatriz se vestía de enfermera antes de arrodillarse. El juicio público de las habilidades o incapacidades del presidente de EE.UU. debió limitarse a su papel político y no a si le aliviaban las tensiones gubernamentales con el paladar mañana sí y mañana también. Ese terreno compete únicamente a la intimidad de las explicaciones que le pudiera recriminar su mujer. Más allá de ahí, marujeo puro y duro. Lo mismo ocurre en la piel de toro. El chismorreo cañí que tanto nos pone.

Por último. Conviene recordar que el presidente del Gobierno se apellida Zapatero, y de nombre José Luis. Jo-sé-luis. Es decir, el padre de las criaturas. El resto de la familia, en sus actos cotidianos y privados, tiene derecho a preservar su anonimato. Ellas, que no eligieron que su padre fuera presidente, además son menores. Y lo son bajo los mismos derechos y obligaciones que los menores de nuestras familias. Si ahora atraviesan ese momento de rebeldía juvenil contra el poder, quizá sea por partida doble: su padre es quién lo encarna desde la habitación de al lado. Si se trata de pura estética y los atuendos son de D&G, pues magnífico. Cuando tengan dieciocho tacos tendrán que apechugar con la proximidad de los objetivos y las cámaras. Y si no les gusta, de cabeza a los tribunales, que corre el rumor de que todos somos iguales ante la ley. Esto está montado así.


No puedo despedirme sin recomendar la lectura de la entrada del blog Cosas Que Pasan al respecto de este tema. Diametralmente opuesta al punto de vista que os acabo de exponer pero igualmente respetable y recomendable para la salud democrática del barrio. Más aún cuando viene de una fenomenal bitácora. Si tenéis más tiempo, leed al juez Emilio Calatayud.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo señor Hache. Pero para mí, lo más importante es dejar a las pobres niñas en paz. Sin comerlo ni beberlo, se han visto en todo internet con su foto manipulada y arrastrada su imagen. No quiero ni imaginarme lo que debe haber sido ir al colegio al día siguiente...y eso lo hemos hecho los ciudadanos de a pie. Ya está bien!!!Que vistan como quieran, que para eso son adolescentes intentando encontrar su identidad (ahí estoy de acuerdo, todos lo hemos pasado).

H_Romero dijo...

No puedo añadir nada más. Un placer tenerl@ por estos lares.

Haruki de la Mancha dijo...

Que bonito es nombrame a los barones para tocar la fibra sensible...completamente de acuerdo con tu comentario, aunque la otra cara de la moneda también cree tener su razón: se comenta por la españa oculta que la mujer del alcalde además de ser respetable tiene que parecerlo, y aunque en absoluto comparto este profundo pensamiento, por desgracia seguimos arrastrando manierismos de nuestros ancestros, de cuando el "fijaté tu como va ese...", "que pinta lleva el hijo de Romero con esos pelos...", ay! con lo formalito que se ha vuelto ahora...

H_Romero dijo...

Cruel y real como la vida misma, Hauruki. Me apunto esa. Bruno va tomando nota ombligo a través.